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Actitud desafiante de ex asesor despertó indignación entre los deudos

7:09 | Observadora internacional calificó la audiencia de la víspera como la más tensa del juicio contra Alberto Fujimori

Por David Hidalgo Vega

Tras la mampara de seguridad los gestos duelen como dardos. Un guiño cómplice, una sonrisa destapada, varios cruces de miradas entre los acusados mayores repercuten sobre los deudos con tanta crudeza que podrían desmantelar esperanzas precarias. Pero ni Gisela Ortiz, una voz de reclamo permanente sobre la masacre de La Cantuta, ni los deudos de otros episodios sangrientos han pasado tantos meses en la platea para no curtirse un poco. "Montesinos ha venido con un libreto para limpiar a Fujimori de la responsabilidad que tiene", dice Ortiz al final de la audiencia más esperada del juicio al ex presidente. Su voz firme condensa la indignación de sus compañeros de infortunio.

La mañana ha sido pródiga en señales hirientes. La entrada de Montesinos a la sala, con sus venias al acusado y al tribunal, en ese orden, dejó muda a la audiencia de agraviados. Las palabras del ex asesor y su actitud desafiante para las respuestas despertaron leves murmullos de fastidio. Pero es su negativa final a seguir respondiendo lo que inflama temperamentos serenos. "Ha apelado a la utilización vergonzosa de un espacio público", critica Ortiz poco después.

La misma estampa se graba en varios ojos. "De las quince sesiones que he presenciado, esta ha sido la más tensa", dice Jo-Marie Burt, representante de la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA, en inglés). Ni siquiera los testimonios de los propios miembros del grupo Colina, en semanas pasadas, causaron tal impresión en la observadora internacional. "El testigo fue agresivo, hostil. Hasta mostró falta de respeto hacia el tribunal", comenta.

IMPACTO PROFUNDO
En sesiones como esta puede verse el efecto colateral del juicio. La sala principal de invitados está dominada por un tenso statu quo. Los partidarios del acusado celebran con sonrisas y palmadas la generosa actitud del testigo, a medio metro del grupo que mira la escena como la flagrante fotografía de sus dos grandes agresores. El proceder de la seguridad no ayuda a moderar el clima: mientras a los deudos se les exige el cumplimiento estricto del reglamento, los partidarios de Fujimori reciben un trato casi sumiso. A los primeros se les advierte de no llevar "ni un caramelo para la tos". Kenji Fujimori, en cambio, se da el lujo de repartir golosinas a los suyos y tirar al piso las envolturas. Ni se diga del discriminatorio celo con que se pide abandonar la sala.

La presión es enorme. "A veces esto me ha afectado físicamente", comentaba Gisela Ortiz poco antes de la audiencia, y recordaba momentos pasados. La primera sesión de Fujimori como acusado, por ejemplo, la enfermó durante dos semanas. Al término de esta, parece más tranquila. La anima la idea de que el súbito fervor de Montesinos lo delata. Los otros deudos comparten esa impresión. Hay rabia en sus voces, pero está contenida. Todavía no se ha dicho todo.

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