13:24 | Hace 39 años el mundo se paralizó casi por completo para ver por primera vez al hombre en el satélite. En la Tierra, El Comercio continuó informando
Por Gonzalo Galarza Cerf
Cuando el hombre pisó por primera vez la Luna nació Neil Díaz Pérez, un robusto bebe cuya madre "visiblemente emocionada por la feliz coincidencia, declaró que sería una satisfacción si algún día su hijo, Neil, pudiera también viajar a la Luna".
Era domingo 20 de julio de 1969 y el primer homenaje que recibía el astronauta Neil Armstrong en el Perú tras su hazaña. Un limeño iba a ser bautizado con ese nombre que a esa altura y a esa hora, 2:56 GMT (tiempo medio de Greenwich) sonaba a héroe, a conquistador espacial.
Siete minutos antes, cuando Zoila Pérez estaba en la sala de parto de la Maternidad de Lima, en el Centro Espacial Houston se daba la autorización para que continuara el descenso.
Treinta segundos después, el Módulo de Excursión Lunar (MEL), el compacto vehículo bautizado como Águila, respondía: "Tenemos la Luna exactamente en la ventanilla. Mejor que durante las pruebas simuladas que hacíamos en la Tierra". Lo que siguió después de los 12 minutos y 36 segundos que duró el descenso fue histórico, tal como lo detalló El Comercio en su edición del día siguiente titulada: "Y el hombre pisó la Luna".
"Continuamos descendiendo de 40 pies a dos y medio, levantando un poco de polvo. Nos desplazamos levemente a la derecha. Hemos detenido el motor. Houston, el Águila ha alunizado". El Centro Espacial respondió: "Los seguimos paso a paso. Algunos de nosotros se volvieron azules por la tensión. Ahora respiramos nuevamente". En la base de Texas los aplausos se mezclaron con los gritos mientras dos mil millones de personas regadas por el mundo entero presenciaban en vivo a través de la televisión el acontecimiento del siglo XX.
Después vino la célebre frase de Armstrong: "Es el pequeño paso de un hombre, pero un enorme paso para la humanidad". Un pequeño paso que tomó 102 horas, 45 minutos y 40 segundos, que fue gracias al aporte de 300 mil científicos, ingenieros y técnicos de la NASA y cuya inversión superó los 30 mil millones de dólares. Los números mandaron en esta hazaña.
En el Perú y en el Mundo
"Una verdadera explosión de alivio y regocijo tuvo lugar en cada casa de Lima, Callao y balnearios", relataba El Comercio. En Cusco los campanazos anunciaron a la población el suceso mientras algunos hinchas en las tribunas del estadio Garcilaso hacían ovaciones, dejando atrás el fanatismo pelotero.
También en el sur, en Arequipa, "las sirenas de las fábricas locales se unieron a la algarabía que despertó el magno acontecimiento del siglo", mientras la celebración se hizo una sola en Chimbote, adonde llegaron miles de personas de Piura, Lambayeque y Cajamarca para ver al comandante del Apolo 11, Neil Armstrong y al piloto Edwin 'Buzz' Aldrin caminar por esa superficie fina y pulverizada, como la describieron después.
Los piuranos que se quedaron en la ciudad se olvidaron del triunfo de su equipo Atlético Grau y siguieron como si fuera su victoria la transmisión radial del alunizaje, mientras en Iquitos la gente invadió las plazas públicas para escuchar por los parlantes los detalles de la misión espacial. Todos querían ver, escuchar. Todos salvo algunos países como China.
Cuando prácticamente el mundo entero estaba paralizado frente a una pantalla de televisión o ante una radio, en el país asiático la "Radio Pekín concentraba la atención de la quinta parte de la población del mundo hablando sobre la conciencia de clase".
Los mensajes no estaban ajenos a la época política que se vivía en plena Guerra Fría. En Alemania Occidental la prensa escribía "Ahora la Luna es norteamericana" y "victoria definitiva de los Estados Unidos sobre la Unión Soviética en la competición espacial". Pasó una década desde que los rusos fotografiaron por primera vez la cara invisible de la Luna mediante el satélite Lunik III, para que los estadounidenses pusieran su bandera sobre otro cuerpo celeste en señal de triunfo.
Las palabras del presidente de Estados Unidos Richard Nixon mostraban su orgullo: "Esta es la semana más grande en la historia del mundo desde la creación, porque como resultado de lo que aconteció esta semana el mundo es más grande". Otros, como la primera ministra de la India, Indira Gandhi, predicaban mensajes casi celestiales: "Neil Armstrong y Edwin Aldrin son los representantes del mismo espíritu que condujo al hombre a descubrir nuevos mundos".
Días previos
Las palabras de políticos y autoridades del mundo eclesiástico coincidían en un punto con seres ajenos a ellos. La publicidad y las notas de prensa giraban en torno a Apolo 11 y la Luna. Días previos al despegue El Comercio anunciaba el envío de la bandera peruana y de porcelana. Se trataba de un diente de Armstrong que fue curado en Lima tres años atrás durante su visita.
Noticias de distintos vuelos llegaban a los oídos de los peruanos. En Irán unos hippies brindaron a la salud de los tres astronautas de Apolo 11 con miel y leche de cabra, y los invitaron a formar parte de su grupo a su regreso a la tierra: "Desde mañana nadie deberá dirigir su mirada hacia allí para que les inspire amor", remataron.
El reverendo Ralph Abernathy, sucesor de Martin Luther King, se olvidó por unos minutos qué hacía encabezando una manifestación contra la pobreza en Cabo Kennedy: "En el momento del despegue llegué a olvidar el hecho de que tenemos tanta gente hambrienta en Estados Unidos".
Otros como el cardenal estadounidense J.J. Wright fueron poseídos por el miedo: "... el acontecimiento resulta dramático. Por primera vez va a llegar a la Luna el pecado, un pecado que pudiera ser de la ambición la soberbia y el espíritu competitivo". Una encuesta en la víspera mostraba también ciertas preocupaciones en los limeños: "... tengo serios temores sobre su seguridad; hasta pienso que quizá no regresen", decía Alberto Correa, un radiotécnico que temía por la vida de los cosmonautas. Incluso hubo quienes, como el alcalde de una localidad libanesa, pidieron a Estados Unidos "que deposite mil millones de dólares en el Banco Mundial como garantía contra toda epidemia que se pudiera producir en la Tierra tras el regreso de la Luna de Apolo 11".
Los temores se despejaron cuando Armstrong, Aldrin y Collins llegaron con muestras recogidas tras casi ocho días. Su cápsula se posó en el Océano Pacífico y fueron recibidos como héroes. Estaban en la Tierra otra vez.