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El día en que se impuso la violencia en Sicuani

9:59 | Nuestra corresponsal en el Cusco cuenta detalles de cómo fue testigo de la inusual violencia en una zona por lo general pacífica

Por Milagros Vera Colens

Es el quinto día de paro en la provincia de Canchis y para llegar a Sicuani, su capital, camino desde el distrito de San Pablo, pues los manifestantes impiden el paso de los vehículos motorizados.

Logro subirme a una bicicleta y el conductor me pide que me ponga la capucha para ocultar mi apariencia foránea. Una mujer acelera el paso, la radio que lleva abrazada al pecho parece estallar con los gritos de un locutor que vocifera que el enfrentamiento entre policías y manifestantes había empezado.

Llego a la ciudad y encuentro gente que corre de un lado a otro. Unos parecen escapar de su peor enemigo y otros van a su encuentro. Noto la furia de cientos de almas que con el rostro cubierto se pierden entre los gases lacrimógenos que la policía lanza desesperada. Soy arrastrada por la masa y una mujer alerta sobre un herido. Todos corren hacia una esquina desde donde los convocan para tomar la casa del burgomaestre Mario Velásquez, desaparecido del lugar. Más de cincuenta personas rompen los vidrios del domicilio donde permanecían la esposa del alcalde y sus dos hijos. Los enardecidos rompen los vidrios, derriban la puerta y se llevan todo lo que encuentran.

Me traslado a la Plaza de Armas y veo a cientos de campesinos apostados con huaracas y piedras que luchan con la policía. Heridos de ambos bandos inundan las calles, mientras los curiosos se internan en sus casas.

Cien policías intentan proteger el local municipal, que según los dirigentes debía quedar en cenizas, mientras la plaza se convierte en un campo de batalla. Una lluvia de piedras une a los hombres de prensa en una esquina y desde ahí despachan a sus redacciones. Los celulares no dejan de sonar cuando la policía informa que ya no tiene pertrechos y ha perdido el control. En Lima, dicen todo lo contrario.

El terror me embarga hasta que veo que una bodega abre para socorrer a los heridos. Aprovecho para entrar y al ver cerrada la puerta abrazo la esperanza de alejarme de aquella guerra.

Explosiones, piedras y botellas rotas es lo único que se puede percibir desde el pequeño recinto que comparto con otros periodistas y pobladores. Los gases lacrimógenos nos empujan luego a huir a la segunda planta.

Las piedras que los campesinos lanzan desde el cerro golpean el techo de la bodega, pero es el hospital de Sicuani el que lleva la peor parte, pues las camas en pediatría y neonatología quedan llenas de vidrios. Las enfermeras colocan banderas blancas, pero es inútil. Ya es de noche.

Tras un momento de calma un apagón inunda la ciudad y el terror vuelve a apoderarse de todos. Me comunican que la comisión encargada de dialogar con los manifestantes ha llegado.

La tranquilidad vuelve de a pocos, la comisaría se alista para recibir a las autoridades, pero el auto de la Defensoría del Pueblo sufre un ataque. De pronto, los campesinos desaparecen, pero para quemar los locales de la fiscalía de Sicuani, la oficina de Defensa Civil, el terminal terrestre y la empresa de agua potable.

Pasadas las 11 p.m. se apaciguan los ánimos. Hay que buscar un lugar donde descansar. "Somos periodistas", anunciamos a los policías que resguardan las calles, pues con la oscuridad era imposible diferenciar a un manifestante de un reportero. Llegar al hotel es como volver a casa, los celulares aún suenan y solo el cansancio puede acabar con el día en que se levantó Sicuani.

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